I (de Incertidumbre)

A veces (muchas veces, casi todas, sino todas las veces) el activismo se parece a la operación de reemplazar una certidumbre por otra. Por ejemplo, una certidumbre (las intervenciones destinadas a normalizar los genitales intersex en la primera infancia son buenas) por otra (las intervenciones destinadas a normalizar los genitales intersex en la primera infancia son malas). Más aún: el activismo no solo se parece a esa operación, sino que consiste en esa operación de reemplazo. De eso se trata.

Una certidumbre por otra. La bondad de la segunda se apoya exclusivamente en la maldad comprobada de la primera.

Iain Morland ha trabajado extensivamente en este problema (www.iainmorland.net). Yo sólo quiero decir lo que sigue.

Si tuviéramos éxito, si consiguiéramos efectuar exitosamente esa operación de reemplazo entre la maldad de una certidumbre por la bondad de otra, aún tendríamos un problema que resolver. Al menos uno. Deberíamos ser capaces de introducir algo más. Capaces de afirmar no sólo que las intervenciones son mala, sino que la vida sin intervenciones es buena. Es decir, ir más allá de los postulados liberales que han sostenido hasta hoy buena parte de la producción política sobre intersexualidad -a menos que creamos que una vida buena consiste, esencialmente, en preservar la capacidad para ejercer una decisión autónoma sobre el propio cuerpo. Deberíamos ser capaces de asegurar que estaremos ahí para garantizar que formaremos parte activa de la materialización de esa autonomía (y no sólo para postularla como un derecho de otr*s con los que no nos une más compromiso que el de postular su derecho en abstracto). Capaces de demostrar (si es que una demostración tal es posible) que la bondad de la vida sin intervenciones se sostiene positivamente, sin depender de manera necesaria de la maldad de la vida intervenida.

¿Quién puede?

El problema no deja de ser una cuestión temporal.

Las intervenciones “normalizadoras” tienen la virtud de permanecer en el tiempo: están ahí, en cada momento de nuestras vidas, dando testimonio del compromiso asumido por quienes las realizaron. Mis cicatrices no me dejan solo. Aunque quienes me las cosieron en el cuerpo ya no estén a mi alrededor, están conmigo -y mi cuerpo se parece a ese compromiso que asumieron.

Si triunfamos, tod*s aquell*s a quienes salvamos de las intervenciones vendrán a preguntarnos dónde estamos. Por qué intervenimos -y su cuerpo se parecerá, indefectiblemente, a ese compromiso que asumimos. Y si el mundo se parece en ese entonces a lo que es hoy en día, probablemente también nos pregunten por qué l*s dejamos sol*s en medio de este mundo.

¿Estaremos ahí?

Cuando se trata de diversidad corporal con las certidumbres que tenemos no alcanza. También es necesario aprender lidiar con el vértigo de la incertidumbre. Y, más aún, trabajar para que ese otro futuro no sea sólo una consigna, sino también algo cierto.

Anuncios

I (de Inclusión)

Está sentado al fondo de la sala, al lado de un hombre al que conozco. En cada ronda de preguntas pide la palabra. La pide una, dos, tres veces. Y cada una de esas veces su pregunta comienza por el mismo lugar. Una afirmación. El es gay. Lo que es decir: él está interesado en la intersexualidad, pero no es uno de los nuestros. Lo repite una vez. Lo repite otra vez. El es gay. Lo que es decir: el no es intersex. Pero quiere incluirnos. Sólo le resta saber por qué.

No cómo. Sino por qué.

Pregunta tres veces -necesita saber. Por qué. El entiende, a grandes rasgos, de qué se trata, pero… hay tanto en el mundo. ¿Por qué? ¿Cuál sería la razón, esa razón que podría convencerlo a él, justamente a él, de incluir la I en la fórmula LGTB? A él, que es gay, que sabe que hay tanto en el mundo que podría ser incluido y que no termina de entender cuál sería la razón, la razón única y efectiva, por la cuál él, que es gay, debería promover la inclusión de las cuestiones intersex en el marco más amplio de la agenda LGTB.

[Mi compañero del panel le espeta: aquí no estamos vendiendo nada, pero no importa. El necesita comprar].

Con suavidad, con firmeza, con desagrado, con paciencia, con exasperación, con resignación, con esperanza, de decimos que no. Que no ha entendido. Que no estamos pidiendo inclusión alguna. Todo lo contrario: estamos intentando desmantelar la lógica de la inclusión. No queremos ser otra letra en una fórmula, ni otro punto en una agenda.

No somos una minoría más.

No podemos tener aliad*s cuyo primer interés es sacarse la intersexualidad del cuerpo y arrojarla bien lejos.

Y no se trata solamente de que muchos hombres sean gays e intersex, sino también del modo en el que la cultura gay dominante  produce, instala y promueve modelos corporales que se parecen, extraordinariamente, a los mismos que produce, instala y promueve la medicina occidental.

Mis amig*s y yo le recomendamos que incluya la I en su propia afirmación. Después de todo, gay es una de las encarnaciones posibles de la intersexualidad. Sin por qué.

I (de invisible)

El cirujano es un hombre joven, de traje claro y lentes de montura delgada. Esta de pie sobre un estrado, frente a un público de activistas, funcionari*s y académic*s. Habla en voz baja –por momentos cuesta escucharlo a pesar de que sostiene un micrófono. Es amable, sonríe. Se esfuerza por explicar. Ha respondido algunas preguntas sobre cirugías detransexualización y entonces, de pronto, recuerda. Hace falta dar una respuesta más.

“Los intersexos”, dice, y se adelanta dos pasos. Explica. “Son criaturas nacidas con genitalidad ambigua”. Sigue sosteniendo el micrófono con una mano mientras levanta el brazo opuesto y cierra el puño. ¿Qué hace? Muestra, ejemplifica. Sostiene por los pies, cabeza abajo, a una criatura invisible.

Con el brazo así levantado continua. “Cuando nace un intersexo”, dice, “el médico mira y no sabe lo que ve”. “¡¿Qué es esto?!”, dice, y la cara que muestra a la audiencia es de franco desconcierto. Parpadea y sonríe, haciéndose el confundido, mientras mira sin ver los invisibles “genitales ambiguos” del “intersexo” que cuelga de su puño.

***

Un día serán juzgados por crímenes de lesa humanidad, le digo, y él me desea que mientras tanto sea feliz y yo le digo que soy un fister y que, mientras tanto, tenga cuidado.

Entonces.

Puedo ver caras espantadas. Puedo ver el espanto.

La mujer insiste.

Ella está de acuerdo. Está de acuerdo con lo que he venido diciendo. Está de acuerdo con todo, con casi todo, pero no está de acuerdo, justamente, con eso que digo. Me explica: ella necesita creer. La mujer en cuestión necesita creer que se puede, que ella puede hacerlo, que tod*s junt*s y entre tod*s, entonces, podemos. O podremos.

Le he dicho, a ella y l*s demás, que estoy cansado de las agendas políticas que sólo hablan de la integridad corporal de niñ*s no nacid*s -y, justamente por eso, (aún) no intervenid*s. ¿Para cuándo el registro político de la mutilación genital como un hecho y no como una amenaza? ¿O es que acaso sólo podemos proyectarla hacia el futuro, dejando en la sombras a quienes ya fuimos mutilad*s?

La mujer me dice que la mutilación genital la deja sin fuerzas. Ella necesita creer que otro mundo es posible -y es por eso que prefiere concentrarse en evitar que vuelva a ocurrir que enfrentarse con su ocurrencia cotidiana.

¿Evitar qué?
¿Un mundo otro respecto de qué?

Hay quienes me dicen que registrar el espanto no es para cualquiera. Me dicen, por ejemplo, que es mejor que la gente crea, y que no hay nada peor para esa práctica de la creencia política que enfrentarse con lo irreversible. A mí me parece que es exactamente al revés. Solo cuando nuestr*s aliad*s puedan mirar de frente lo irreversible es que contaremos con ell*s para algo distinto que expresiones de buena voluntad sobre los tiempos y los cuerpos por venir. Solo cuando logren aceptar que ya no hay modo de salvarnos el cuerpo -ni de salvarnos- es que a lo mejor, entonces, logramos algo.

I (de Información)

Cada vez, todas las veces, una historia que es la misma. Ni siquiera es una historia; es, más bien, un presente continuo. Un tiempo que se repite, sin modificaciones significativas, más allá de cualquier interrupción del orden de la fecha, del lugar, del idioma o la subjetividad. Ahí está. Es el eterno retorno de la I como información.

No hay información. Hace falta información. La información es la clave. Necesitamos información. Por favor, información.
Hay información, pero es inaccesible. La información no circula. La información no se entiende. Hace falta más información. Otra información.

Todo el mundo sabe algo sobre intersexualidad. Algo en particular: sabe que no sabe nada (Forcemos la sintaxis: sabe que sabe nada). Y sabe algo más: sabe que esa nada que sabe/no sabe precisa información.

Estoy de acuerdo: no hay información. Y es que es así. No hay información. Esa es mi hipótesis de trabajo. No importa cuánta información se introduzca en una charla, cuánta se despliegue en un gráfico, se compile en un libro, se imprima en un folleto o en un volante; no importa cuánta información se encuentre en la red, cuánta se elabore colectivamente en un taller, cuánta produzcan y distribuyan los medios de comunicación, cuánta circule de oídas en la familia, en el barrio, en el club o en el aula. No hay información -y la información no es la clave.

Para ser más claro: estoy convencido de que podríamos inundar el mundo de información sobre intersexualidad, y aún así encontraríamos a mucha gente, demasiada gente, repitiendo como un mantra “no hay información, la información es la clave, necesitamos información”.

El activismo intersex demanda una compleja operación de reconocimiento. Demanda reconocer el carácter histórico, contingente, medicalizado y, sobre todo, esencialmente normativo de la diferencia sexual. Demanda reconocer, también, la violencia ejercida en nombre de la diferencia sexual como nombre, y los efectos constitutivos de esa violencia, sus consecuencias irreversibles, su permanencia. Demanda reconocer, qué duda cabe, tanto la complicidad como la impotencia (después de todo, esta matriz infernal nos incorpora a tod*s y, hasta ahora, ningun* ha encontrado ni un modo eficaz de detenerla ni una manera efectiva de reparar el daño).

Imposible demandar otra cosa. Imposible satisfacer esa demanda. Su insistencia no tiene espacio en la lógica de la información: no hay contenido informativo que la soporte. Aquí no hay, ni puede haber, saber de alguien más. Informado o desinformado, todo en la intersexualidad es, desde el principio y hasta el final, autoimplicación.