I (de invisible)

El cirujano es un hombre joven, de traje claro y lentes de montura delgada. Esta de pie sobre un estrado, frente a un público de activistas, funcionari*s y académic*s. Habla en voz baja –por momentos cuesta escucharlo a pesar de que sostiene un micrófono. Es amable, sonríe. Se esfuerza por explicar. Ha respondido algunas preguntas sobre cirugías detransexualización y entonces, de pronto, recuerda. Hace falta dar una respuesta más.

“Los intersexos”, dice, y se adelanta dos pasos. Explica. “Son criaturas nacidas con genitalidad ambigua”. Sigue sosteniendo el micrófono con una mano mientras levanta el brazo opuesto y cierra el puño. ¿Qué hace? Muestra, ejemplifica. Sostiene por los pies, cabeza abajo, a una criatura invisible.

Con el brazo así levantado continua. “Cuando nace un intersexo”, dice, “el médico mira y no sabe lo que ve”. “¡¿Qué es esto?!”, dice, y la cara que muestra a la audiencia es de franco desconcierto. Parpadea y sonríe, haciéndose el confundido, mientras mira sin ver los invisibles “genitales ambiguos” del “intersexo” que cuelga de su puño.

***

Un día serán juzgados por crímenes de lesa humanidad, le digo, y él me desea que mientras tanto sea feliz y yo le digo que soy un fister y que, mientras tanto, tenga cuidado.

Entonces.

Puedo ver caras espantadas. Puedo ver el espanto.

La mujer insiste.

Ella está de acuerdo. Está de acuerdo con lo que he venido diciendo. Está de acuerdo con todo, con casi todo, pero no está de acuerdo, justamente, con eso que digo. Me explica: ella necesita creer. La mujer en cuestión necesita creer que se puede, que ella puede hacerlo, que tod*s junt*s y entre tod*s, entonces, podemos. O podremos.

Le he dicho, a ella y l*s demás, que estoy cansado de las agendas políticas que sólo hablan de la integridad corporal de niñ*s no nacid*s -y, justamente por eso, (aún) no intervenid*s. ¿Para cuándo el registro político de la mutilación genital como un hecho y no como una amenaza? ¿O es que acaso sólo podemos proyectarla hacia el futuro, dejando en la sombras a quienes ya fuimos mutilad*s?

La mujer me dice que la mutilación genital la deja sin fuerzas. Ella necesita creer que otro mundo es posible -y es por eso que prefiere concentrarse en evitar que vuelva a ocurrir que enfrentarse con su ocurrencia cotidiana.

¿Evitar qué?
¿Un mundo otro respecto de qué?

Hay quienes me dicen que registrar el espanto no es para cualquiera. Me dicen, por ejemplo, que es mejor que la gente crea, y que no hay nada peor para esa práctica de la creencia política que enfrentarse con lo irreversible. A mí me parece que es exactamente al revés. Solo cuando nuestr*s aliad*s puedan mirar de frente lo irreversible es que contaremos con ell*s para algo distinto que expresiones de buena voluntad sobre los tiempos y los cuerpos por venir. Solo cuando logren aceptar que ya no hay modo de salvarnos el cuerpo -ni de salvarnos- es que a lo mejor, entonces, logramos algo.

I (de Información)

Cada vez, todas las veces, una historia que es la misma. Ni siquiera es una historia; es, más bien, un presente continuo. Un tiempo que se repite, sin modificaciones significativas, más allá de cualquier interrupción del orden de la fecha, del lugar, del idioma o la subjetividad. Ahí está. Es el eterno retorno de la I como información.

No hay información. Hace falta información. La información es la clave. Necesitamos información. Por favor, información.
Hay información, pero es inaccesible. La información no circula. La información no se entiende. Hace falta más información. Otra información.

Todo el mundo sabe algo sobre intersexualidad. Algo en particular: sabe que no sabe nada (Forcemos la sintaxis: sabe que sabe nada). Y sabe algo más: sabe que esa nada que sabe/no sabe precisa información.

Estoy de acuerdo: no hay información. Y es que es así. No hay información. Esa es mi hipótesis de trabajo. No importa cuánta información se introduzca en una charla, cuánta se despliegue en un gráfico, se compile en un libro, se imprima en un folleto o en un volante; no importa cuánta información se encuentre en la red, cuánta se elabore colectivamente en un taller, cuánta produzcan y distribuyan los medios de comunicación, cuánta circule de oídas en la familia, en el barrio, en el club o en el aula. No hay información -y la información no es la clave.

Para ser más claro: estoy convencido de que podríamos inundar el mundo de información sobre intersexualidad, y aún así encontraríamos a mucha gente, demasiada gente, repitiendo como un mantra “no hay información, la información es la clave, necesitamos información”.

El activismo intersex demanda una compleja operación de reconocimiento. Demanda reconocer el carácter histórico, contingente, medicalizado y, sobre todo, esencialmente normativo de la diferencia sexual. Demanda reconocer, también, la violencia ejercida en nombre de la diferencia sexual como nombre, y los efectos constitutivos de esa violencia, sus consecuencias irreversibles, su permanencia. Demanda reconocer, qué duda cabe, tanto la complicidad como la impotencia (después de todo, esta matriz infernal nos incorpora a tod*s y, hasta ahora, ningun* ha encontrado ni un modo eficaz de detenerla ni una manera efectiva de reparar el daño).

Imposible demandar otra cosa. Imposible satisfacer esa demanda. Su insistencia no tiene espacio en la lógica de la información: no hay contenido informativo que la soporte. Aquí no hay, ni puede haber, saber de alguien más. Informado o desinformado, todo en la intersexualidad es, desde el principio y hasta el final, autoimplicación.

escribir

Escribir sobre intersexualidad se ha vuelto imposible. Apenas comienzo, termino. Necesito escribir. No escribo. No puedo escribir.

Algunas veces -como ahora mismo- me resbalo en una cuestión irresoluble: debo escribir sobre la intersexualidad, pero la intersexualidad es la escritura. Cualquier cosa que escriba sobre intersexualidad será escrita y no escrita en la intersexualidad. ¿Qué puedo decir? Y ¿Cómo puedo decirlo? No encuentro el modo de hacerle espacio, en el correr de una página, a la violencia de la disyunción, a la violencia que la constituye y a aquella otra violencia, la que produce. Debería escribir en rojo: la escritura, generizada, rojo sangre.

Cuando comencé a escribir tenía una idea clara acerca de lo que quería decir. Mejor aún: tenía una idea clara del lugar hacia donde mirar. Quería partir de ese límite que la mayoría de la gente asume como comienzo, como principio, como origen: en el principio la disyunción, la diferencia sexual, los humanos que llegan al mundo, invariablemente, encarnando un sexo o el otro, inscriptos en el orden de la lengua y de la ley en uno u otro sexo. Inscriptos en el orden del archivo, archivados en ese registro -civil- que se toma a sí mismo por la cuenta entera de lo existente. Yo quería, entonces, ante ese archivo, no sólo explorar las reglas que gobiernan su funcionamiento, sino aquello archivado como su condición de posibilidad -aquello que ya no corre entre nosotros, ya archivado: forma insidiosa de un olvido que no olvida. Era sencillo, en principio, atender a los modos en los que, de manera continua, ese límite se produce como naturaleza, como real, como realidad encarnada de la disyunción; pero no hay modo de que esa producción tenga lugar, y que se archive como condición de posibilidad de cualquier registro, sino es como parte de aquello que a cada paso lo niega, lo cita expulsándolo, como una ausencia que grita a lo loco: la escritura no excluye a la intersexualidad, no la expulsa al silencio, cuando no a la inexistencia, la convoca como posibilidad suprimida, como modo abismal de lo posible, como modo escritural de lo imposible.

No puedo engañarme. El problema -parte del problema- es cómo dar cuenta, sin enloquecer, de ese archivo. Es el archivo que registra todos los días, en cada nacimiento, el anudamiento jurídico-normativo de nuestra locura colectiva.

invitación

 

 

tumba en rojo
tumba en rojo

El próximo sábado 16 de mayo, a las 16h, tendrá lugar en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona la Jornada titulada Movimiento Intersex: contextos y horizontes, organizada por la Xarxa d’Acció Trans i Intersex de Barcelona (Red de Acción Trans e Intersex de Barcelona).
 
Las personas intersex son todas aquellas personas que en el momento de nacer tienen un cuerpo difícilmente clasificable entre las cassilas de “niño” o “niña”.

 

Eso es lo que dice la invitación que recibo. Estoy invitado a hablar en esta jornada y, por varias razones que odio, estoy invitado a hablar desde el lugar de esas personas que nacen no solo teniendo-un-cuerpo, sino además un cuerpo de difícil clasificación entre las casillas correspondiente.

¿Cómo se desmontan todos y cada uno de esos supuestos? Dirán que es es una cuestión discursiva, pero es tan material -y tan pesada- como cualquier otra lápida.

¿Cómo se le pone el cuerpo a esa economía de la dificultad? ¿Cómo se le sustrae? ¿Será necesario un ábaco ontológico?