escribir

Escribir sobre intersexualidad se ha vuelto imposible. Apenas comienzo, termino. Necesito escribir. No escribo. No puedo escribir.

Algunas veces -como ahora mismo- me resbalo en una cuestión irresoluble: debo escribir sobre la intersexualidad, pero la intersexualidad es la escritura. Cualquier cosa que escriba sobre intersexualidad será escrita y no escrita en la intersexualidad. ¿Qué puedo decir? Y ¿Cómo puedo decirlo? No encuentro el modo de hacerle espacio, en el correr de una página, a la violencia de la disyunción, a la violencia que la constituye y a aquella otra violencia, la que produce. Debería escribir en rojo: la escritura, generizada, rojo sangre.

Cuando comencé a escribir tenía una idea clara acerca de lo que quería decir. Mejor aún: tenía una idea clara del lugar hacia donde mirar. Quería partir de ese límite que la mayoría de la gente asume como comienzo, como principio, como origen: en el principio la disyunción, la diferencia sexual, los humanos que llegan al mundo, invariablemente, encarnando un sexo o el otro, inscriptos en el orden de la lengua y de la ley en uno u otro sexo. Inscriptos en el orden del archivo, archivados en ese registro -civil- que se toma a sí mismo por la cuenta entera de lo existente. Yo quería, entonces, ante ese archivo, no sólo explorar las reglas que gobiernan su funcionamiento, sino aquello archivado como su condición de posibilidad -aquello que ya no corre entre nosotros, ya archivado: forma insidiosa de un olvido que no olvida. Era sencillo, en principio, atender a los modos en los que, de manera continua, ese límite se produce como naturaleza, como real, como realidad encarnada de la disyunción; pero no hay modo de que esa producción tenga lugar, y que se archive como condición de posibilidad de cualquier registro, sino es como parte de aquello que a cada paso lo niega, lo cita expulsándolo, como una ausencia que grita a lo loco: la escritura no excluye a la intersexualidad, no la expulsa al silencio, cuando no a la inexistencia, la convoca como posibilidad suprimida, como modo abismal de lo posible, como modo escritural de lo imposible.

No puedo engañarme. El problema -parte del problema- es cómo dar cuenta, sin enloquecer, de ese archivo. Es el archivo que registra todos los días, en cada nacimiento, el anudamiento jurídico-normativo de nuestra locura colectiva.

Anuncios

invitación

 

 

tumba en rojo
tumba en rojo

El próximo sábado 16 de mayo, a las 16h, tendrá lugar en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona la Jornada titulada Movimiento Intersex: contextos y horizontes, organizada por la Xarxa d’Acció Trans i Intersex de Barcelona (Red de Acción Trans e Intersex de Barcelona).
 
Las personas intersex son todas aquellas personas que en el momento de nacer tienen un cuerpo difícilmente clasificable entre las cassilas de “niño” o “niña”.

 

Eso es lo que dice la invitación que recibo. Estoy invitado a hablar en esta jornada y, por varias razones que odio, estoy invitado a hablar desde el lugar de esas personas que nacen no solo teniendo-un-cuerpo, sino además un cuerpo de difícil clasificación entre las casillas correspondiente.

¿Cómo se desmontan todos y cada uno de esos supuestos? Dirán que es es una cuestión discursiva, pero es tan material -y tan pesada- como cualquier otra lápida.

¿Cómo se le pone el cuerpo a esa economía de la dificultad? ¿Cómo se le sustrae? ¿Será necesario un ábaco ontológico?

¿Y por casa?

imagen-0031. La casa en la que uno vive, la casa de la que uno se va echado o sin que lo echen. La casa donde lo esperan. La casa esa a la que uno llega, y no hay nadie. La casa que uno es, cuando se habita a uno mismo como a una casa. La casa ha ocupado y ocupa un lugar central en el modo en el que las personas trans nos comprendemos y somos comprendidas por el resto de las personas. Funciona así: alguien –yo, pongamos el caso- vive en un cuerpo que “no le corresponde”, como quien se encuentra a disgusto en una casa en la que no es la suya. Entonces se construye otra y, en el devenir de esa construcción, la casa se vuelve carne. La casa deviene uno. Uno mismo.

2. Austria acaba de cambiar su legislación sobre reconocimiento a la identidad de género. Desde ahora ya no será necesario tener que cumplir con la cirugía como requisito para ese reconocimiento –sumándose así a países como Estonia, Hungría, España, Inglaterra y Suecia. ¿Y por casa? Los proyectos legislativos en discusión también basan su comprensión de las cuestiones trans en la inmediatez de la retórica inmobiliaria: está el cuerpo –la casa- y la pobre persona trans que vive (sobrevive) atrapada adentro de esa casa –o cárcel, o prisión, o destino fundamentalmente errado. A diferencia de la manera en la que las ¿pobres? personas trans articulamos esa retórica, esos proyectos legislativos no dicen nada acerca del modo en el que podemos lograr que esa casa se parezca a nosotros –es decir, no dicen ni una palabra acerca del acceso a las tecnologías médicas que hacen posible (re)encarnar una casa. Más bien, de lo que se trata es de que la persona atrapada sea reconocida por todos los demás –por todos los que, pongamos el caso, hasta el día antes del reconocimiento legal pasan por esa prisión domiciliaria y saludan, horror de horrores, a la persona equivocada.

3. Se dirá, y con razón, que esta crítica le hace poca justicia a las necesidades de aquellos que, podría decirse, ya se convirtieron en su propia casa. Para ellos y ellas están pensados esos proyectos –lo cual es decir, nada nuevo en la Argentina, que la ley se ocupa más de los derechos de los dueños que de los derechos de los inquilinos. Lo que a nivel legislativo nadie se pregunta, jamás, es cómo podría cumplirse, para tantos, el sueño de la casa propia. Y es que ya lo mostraba esa publicidad argentina tan celebrada: para recibir un crédito es irrelevante si uno es trans o no, lo importante es que tenga para pagarlo. Los bancos hacen la historia.

4. Pero ¿hay alguien, trans o no trans, que pueda decir, alguna vez, acabadamente, estoy en casa? La retórica trans del bien inmueble tiene un revés inevitable –salirse de la diferencia sexual siquiera por un rato es como salir para siempre de casa. Perder el camino de vuelta, o encontrarlo sólo para descubrir, tarde o temprano, no hubo ni habrá casa a dónde volver. Mentar la casa implica, advertida o inadvertidamente, asumir la intemperie, encarnar el desamparo.

5. Mi casa está rodeada de edificios en construcción y de bares nocturnos ya construidos. Cada vez que salgo a la calle alguien me grita puto. Al final… tanta energía puesta en la construcción biotecnológica de la masculinidad, cuando lo único que hace falta es una casa mal emplazada.

invierno

El y yo nos encontramos en Ginebra. Ahí vive. Ha comprado un departamento que es como al él le gustan. Tiene pisos de madera, y ventanas con cortinas blancas. No tiene muebles, casi. En diagonal, cruzando la calle, hay una iglesia.

El departamento no tiene espejos. Se afeita de memoria.

Ha comprado un televisor gigantesco, y un millón de libros. La televisión funciona en silencio. Todo el tiempo.

Ha comprado un sofá.

Ha comprado vodka para cien inviernos.

ginebra

una noche otra noche Hoy llegué de viaje, después de una semana en Ginebra.

La última noche en la ciudad di la vuelta al lago -como hace muchos años con Estian y Jan.

No tengo fotos de esa noche. Perdí la cámara la mañana misma en la que me volvía, en algún lugar de la ciudad vieja.

A Jan volví a verlo un par de veces después. A Estian una vez más, al año siguiente, y nunca más.

Nadie sabe de él o, mejor dicho: tod*s sabemos lo mismo. Que se fue de Sudáfrica. Que se fue a la India. Que nadie sabe más de él, excepto eso mismo: que nadie sabe nada más.

A veces mi cuerpo sobrevive en su abrazo.

Su ausencia me cala hasta los huesos.

saber

Cada vez hay más gente que quiere saber acerca de nosotr*s. Gente que se dedica a la antropología, gente que se dedica al periodismo; gente que se dedica a la sociología, gente que se dedica al derecho. Quieren saber pero, sobre todo, quieren saber para que se sepa, porque de nosotr*s, en realidad, no se sabe.

Aunque de nosotr*s, está visto, no se sabe, la gente que quiere saber de nosotr*s reconoce que somos parte integral de ese saber (¿social, cultural, legal, teórico?) que aún no existe. Esa gente nos busca: quiere hablar con nosotr*s.

Hay algo muy particular en esa búsqueda.

La gente que quiere saber acerca de nosotr*s nos busca como testimoniantes; más aún: como testimoniantes que encarnan aquello de lo que bien o mal pueden dar testimonio. Y si es mal, mejor. A esa gente no le interesan los testimonios articulados –es decir, nuestro propio saber. Sólo le importa la experiencia, y cuanto menos articulada, mejor. Esa gente quiere la vida, quiere la carne en bruto.

Demasiadas palabras le complican la cosa.

buitres
buitres